El último alquimista en París

El último alquimista en París

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LARS ÖHRSTRÖM. Crítica. 2014. 264 páginas. 22,90 €.

Conocemos desde la educación secundaria que determinados elementos químicos, como el carbono, se presentan en la naturaleza con distintas formas, que los químicos llaman alótropos. Por ejemplo, en el caso del carbono, dos de sus formas alótropas serian el grafito del que están formadas las minas de los lápices y el codiciado diamante que podemos admirar en fascinantes piezas de joyería. Los alótropos de un elemento tienen estructuras y propiedades químicas totalmente diferentes. Tal especie de dualidad, Dr. Jekyll y Mr. Hyde, se da también en otros elementos como el estaño, muy utilizado en soldadura blanda, en la fabricación de latas de conservas y en la producción del bronce. El estaño tiene dos formas alótropas, blanco y gris, y la transición entre ellas se inicia por debajo de los 13º C y es favorecida a medida que desciende la temperatura. ¿Pudo este fenómeno tener alguna relación con la derrota de la Grande Armée de Napoleón en 1812 en su campaña sobre Moscú?

Cuestiones como ésta son las que se ha propuesto contestar Lars Öhrström, profesor de Química inorgánica en la Universidad Chalmers de Tecnología (Suecia) y divulgador científico, en El último alquimista en París.

HindenbergAsistimos así a veintidós curiosos episodios históricos en los que los elementos químicos han desempeñado un papel protagonista: el uranio y el exilio permanente de una joven pareja interracial en la Botsuana británica a mitad del siglo XX; el hidrógeno y el accidente del dirigible Hindenburg en 1937; el hierro, los misterios de la fabricación del acero y el espionaje industrial en la Inglaterra del siglo XVIII, el circonio y los reactores nucleares de los primeros submarinos estadounidenses; la obtención del aluminio y la novela del autor danés, Peter Hoeg, La señorita Smila y su especial percepción de la nieve; el agua pesada y Los héroes de Telemark; el litio y los experimentos alquímicos del novelista August Strindberg en el París de principios del siglo XIX, el yodo y los problemas de cretinismo y bocio en las regiones de los Alpes; la solubilidad y la primera novela de Agatha Christie, El misterioso caso de Styles; el cromo, Erin Brockovich y  la condena de PG&E; el gadolinio y la resonancia magnética nuclear.

Tras la lectura de El último alquimista en París se tiene la sensación de haber realizado un recorrido itinerante y ameno por la historia, la literatura y el cine. Pero la gran habilidad de Öhrström es la de haber aprovechado el viaje, como si de un ilusionista habilidoso se tratase, para habernos impartido una clase de química. Ha creado un contexto: un paisaje, unos personajes, una trama y una atmósfera, utilizando términos literarios, capaz de seducir al lector.

La química, el estudio de la materia y los cambios que experimenta, es considerada  por muchos como una ciencia central, en el sentido, que desempeña una función fundamental en todas las áreas de la ciencia y la tecnología. Nuestra vida cotidiana, tal como la concebimos, no sería posible sin los conocimientos químicos actuales. Pero para muchos de nosotros, la química, sólo es recordada, quizás con animadversión, por la clase tradicional, académica, que se empeñan en difundir los centros docentes, tanto de enseñanzas medias como universitarias; alejada de las aplicaciones y repercusiones en la sociedad. Ya en 1933, Ortega y Gasset, en su Meditación sobre la técnica señalaba que la enseñanza y la investigación universitaria están totalmente alejadas de la realidad social y son anacrónicas con el momento. ¿Hemos avanzado algo?

En este sentido, el gran acierto de El último alquimista en París, aunque formado por un conjunto heterogéneo de historias, lógicamente algunas con un desarrollo más eficaz que otras, es ofrecer una visión de la química completa, no aislada del entorno histórico, cultural, técnico y socioeconómico del momento. Es decir, una verdadera comprensión del fenómeno químico.

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