Katherine Johnson

Calculando el gran salto. Jordi Bayarri y Dani Seijas. Colección científicos Julio 2026. A partir de 7 años.

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Katherine Johnson
Katherine Johnson

Anoche, mientras la Luna brillaba en fase de gibosa menguante, me sorprendí recordando la fascinación infantil que despertaba la conquista del espacio. Nací apenas un año antes de que el ser humano llegara a la Luna y crecí en una época en la que la carrera espacial hacía pensar que las estrellas estaban a nuestro alcance. Desde entonces, “el espacio, la última frontera”, en palabras del capitán Kirk, nunca ha dejado de ejercer sobre mí una poderosa atracción. Permitidme una primera confesión antes de hablar del libro: siempre me ha fascinado el espacio.

La segunda confesión tiene que ver con la memoria. Llegué a este libro después de haber visto Figuras ocultas, de modo que mi lectura nunca pudo ser completamente inocente. En cierto modo, no solo estaba leyendo un cómic: también estaba dialogando con una película que había dejado una profunda huella en mi recuerdo.

Con ese equipaje abrí las primeras páginas de Calculando el gran salto preguntándome si encontraría algo nuevo sobre Katherine Johnson o simplemente volvería a recorrer una historia que creía conocer.

La respuesta llegó muy pronto. Este cómic no intenta competir con la película ni profundizar en los aspectos técnicos de la carrera espacial. Su ambición es otra: presentar a los más jóvenes la vida de una mujer que demostró que, a veces, el camino hacia las estrellas comienza con un lápiz, una hoja de papel y un talento extraordinario para las matemáticas.

La historia de la exploración espacial suele escribirse con enormes cohetes elevándose sobre inmensas columnas de fuego, astronautas enfundados en vistosos trajes espaciales y la emoción de ver a hombres y mujeres pisando otros mundos.  Mucho más difícil es imaginarla alrededor de una mesa cubierta de hojas llenas de cálculos, donde una matemática revisa una y otra vez una trayectoria sabiendo que un pequeño error puede costar una vida. Esa fue, precisamente, la responsabilidad de Katherine Johnson.

Créditos: NASA, Public domain, via Wikimedia Commons

Este cómic biográfico, dirigido a lectores a partir de siete años, recorre la vida de una de las matemáticas más importantes de la historia de la exploración espacial. Y lo hace con un lenguaje sencillo, accesible y visualmente atractivo, capaz de acercar una figura extraordinaria a quienes probablemente la descubran por primera vez entre sus páginas.

El relato comienza en una Virginia marcada por la segregación racial, donde el talento no siempre encontraba las mismas oportunidades. La obra acierta al presentar la segregación no únicamente como una injusticia histórica, sino como el contexto que hace todavía más extraordinario el recorrido vital de Katherine Johnson.

Me ha gustado especialmente cómo el cómic muestra el papel fundamental de la educación en la vida de Katherine, la importancia de las históricas universidades para estudiantes afroamericanos y, muy especialmente, la influencia del profesor William S. Claylor, que supo reconocer desde muy pronto unas capacidades matemáticas excepcionales. La figura de Claylor recuerda además el enorme impacto que un buen profesor puede tener sobre la vida de un estudiante cuando es capaz de reconocer un potencial extraordinario antes incluso de que su propia alumna sea plenamente consciente de él.

La narración continúa con su etapa como profesora en Marion y el contexto histórico que permitió la progresiva apertura de las universidades estadounidenses a estudiantes negros. A partir de ahí, la historia se entrelaza con algunos de los grandes acontecimientos del siglo XX: su incorporación a la NACA, el nacimiento de la NASA, la Guerra Fría, el lanzamiento del Sputnik, la figura de Wernher von Braun o la carrera por alcanzar la Luna.

Una de las mayores virtudes del cómic es mostrar que la exploración espacial no fue únicamente una sucesión de lanzamientos espectaculares, sino también el resultado del trabajo silencioso de cientos de personas. Entre ellas destacan Dorothy Vaughan y las matemáticas de la sección de las West Computers, cuya labor resulta esencial para comprender cómo se realizaban los cálculos antes de la llegada de los ordenadores modernos.

Me ha resultado especialmente emotiva la forma en que se presenta la responsabilidad que asumían aquellas matemáticas. Su trabajo no consistía simplemente en calcular trayectorias: de la precisión de cada operación dependía la vida de los astronautas. Una idea resume perfectamente ese compromiso: no se trataba solo de enviarlos al espacio, sino de traerlos de vuelta. En ese contexto cobran especial relevancia episodios ya convertidos en parte de la historia de la exploración espacial, como la petición de John Glenn para que fuera Katherine Johnson quien verificara personalmente los cálculos antes de su misión orbital, su participación en el programa Mercury o su contribución posterior al programa Apolo, además de su trabajo en el Transbordador Espacial y la Estación Espacial Internacional.

Lanzamiento de Friendship 7 con el astronauta John Glenn a bordo. Créditos: NASA

Sin embargo, precisamente porque el recorrido resulta tan interesante, uno termina la lectura con la sensación de que algunas etapas pasan demasiado deprisa. El salto entre el programa Mercury y las misiones Apollo es especialmente brusco y deja con ganas de conocer mejor una de las etapas más apasionantes de la carrera de Katherine Johnson. También habría agradecido que el cómic dedicara algunas páginas más a explicar, de forma sencilla, qué problemas matemáticos resolvía realmente y por qué aquellos cálculos eran tan decisivos para el éxito de las misiones. El libro transmite muy bien la importancia de su trabajo, pero apenas se detiene en la ciencia y la tecnología que había detrás de él. Quizá esa explicación hubiera despertado aún más la curiosidad de los jóvenes lectores por las propias matemáticas.

La edición se completa con varios materiales complementarios que enriquecen la lectura: una útil sección de «Quién es quién en el mundo de Katherine Johnson», una selección de bocetos que permite asomarse al proceso creativo de la obra y una breve bibliografía para quienes deseen seguir profundizando en la vida de la matemática y en la historia de la carrera espacial.

Quizá ese sea, precisamente, el mayor mérito de este cómic. Recordar que detrás de cada gran hito científico hay personas cuyo talento, esfuerzo y perseverancia resultan tan importantes como los propios cohetes. Y si algún niño o alguna niña cierra este libro preguntándose cómo unas matemáticas podían ayudar a llegar a la Luna, o sintiendo curiosidad por conocer mejor la ciencia que hizo posible aquella aventura, entonces este pequeño cómic habrá cumplido con creces su misión.

Al cerrar el libro comprendí que el “gran salto” del título no fue solo el que llevó al ser humano a la Luna. También fue el de una niña que encontró en las matemáticas la forma de ampliar las fronteras de lo posible. Cuando vuelva a mirar la Luna, probablemente seguiré pensando en Armstrong y Aldrin. Pero desde ahora también recordaré a una matemática que jamás la pisó y que, sin embargo, ayudó a que otros pudieran llegar hasta ella.