Aquella tarde de invierno, fría y silenciosa, vi por primera vez el ingenioso, aunque aún tosco, aparato que Kirchhoff y Bunsen habían ido levantando pieza a pieza, más como un instrumento de trabajo que como una máquina definitiva. Yo era entonces un joven curioso e impresionable, más inclinado a aprender que a afirmar, y había llegado a Heidelberg atraído por la promesa de una nueva manera de estudiar la naturaleza, nacida en los laboratorios del continente.
El Instituto de Física se encontraba en la Hauptstrasse, una avenida larga y poco transitada a aquellas horas. El aire olía a piedra húmeda y a carbón apagado. El edificio era uno más entre tantos, sobrio y sin distintivos: muros antiguos de piedra y ventanales estrechos. Nada hacía pensar que tras aquellas paredes trabajaban algunas de las mentes más brillantes de la época.
Me dirigí hacia la desgastada puerta de madera de roble. En ella había una pequeña placa metálica en la que apenas se alcanzaba a leer la palabra Institut. Levanté el pesado llamador de hierro y lo dejé caer con timidez; el sonido seco y grave resonó un instante antes de perderse en el interior del edificio.
Algunos segundos después, oí pasos acercándose y la puerta se abrió con un chirrido contenido. Un joven de delantal ennegrecido y mirada despierta me observó con una leve expresión de sorpresa.
—Buenas tardes —dijo, tras un instante—. ¿A quién debo anunciar?
—Buenas tardes. Mi nombre es Henry Roscoe. Tengo concertada una entrevista con el profesor Kirchhoff.
El joven se dio la vuelta y, con un gesto breve, me indicó que lo siguiera. Avanzamos por un pasillo largo y silencioso, apenas alcanzado por unos pocos rayos de luz oblicuos en los que flotaban diminutas partículas de polvo. Subimos una escalera hasta el primer piso, donde me señaló una estancia y me pidió que esperara allí.
La habitación era amplia, con ventanales altos parcialmente cubiertos por telas oscuras. El aire estaba cargado de un olor tenue a aceite. En las estanterías se amontonaban tubos, prismas, lentes y soportes de latón, junto a frascos de vidrio etiquetados a mano. En el centro se alzaba una mesa robusta de madera, marcada por quemaduras y cortes. Sobre ella reposaba el instrumento.
Me acerqué hasta quedar frente a él. Era una caja de forma trapezoidal, sostenida por tres pies metálicos. Sus paredes convergían en un ángulo cercano a los sesenta grados, y de ellas emergían dos pequeños anteojos. Uno de ellos, en lugar de ocular, presentaba un disco de latón con una estrecha hendidura vertical. Ante esa abertura se alzaba una lámpara sobre un soporte metálico, preparada para contener una sustancia.
Mientras contemplaba el espectroscopio, absorto en su estructura, escuché pasos a mi espalda. Al volverme, me encontré frente a un hombre delgado, de cabello oscuro que comenzaba a clarear en las entradas. Su mirada no se posó en mí, sino en el espectroscopio, como si mi presencia fuese secundaria.
Kirchhoff se volvió entonces hacia mí y asintió levemente con la cabeza.
—Herr Roscoe —dijo—. Tome asiento, por favor.
—Gracias, Herr Professor —respondí.
Kirchhoff cerró la puerta tras de sí y, en silencio, se dirigió a la estantería. Tomó un frasco con pequeños fragmentos metálicos, lo dejó sobre la mesa, lo abrió y, ayudándose de una espátula, depositó unas limaduras en un pequeño cazo metálico, que colocó sobre la lámpara antes de encenderla.
Kirchhoff no dijo nada. Ajustó la rendija con un gesto preciso y me indicó que mirara. En el espectro aparecieron numerosas líneas brillantes, finas y densas, dispuestas con una regularidad que no supe describir en ese momento. Permanecieron allí mientras la llama se mantenía estable.
Sin desmontar el aparato, retiró la lámpara y se dirigió hacia la ventana. Corrió uno de los postigos y ajustó un espejo colocado frente a la luz exterior. La habitación quedó aún más en penumbra. Volvió entonces al espectroscopio e hizo un leve ajuste.
Miré de nuevo. El espectro era ahora continuo, atravesado por múltiples líneas oscuras. Kirchhoff volvió a cambiar la fuente de luz, primero una, luego otra, siempre al mismo punto. Algunas de aquellas líneas —no todas, pero sí las suficientes— coincidían con exactitud.
—Hierro —dijo finalmente, sin apartar la vista del aparato.
Volví a mirar. Esta vez ya no observé el espectro del Sol como antes.
Al abandonar el Instituto, la tarde había avanzado y la Hauptstrasse permanecía casi desierta. El aire seguía oliendo a piedra húmeda y carbón apagado, como antes, y el edificio no había cambiado en nada. Caminé unos pasos sin detenerme, consciente de que el mundo seguía siendo el mismo. Sin embargo, por primera vez, tuve la impresión de que la luz que lo iluminaba ya no podía ser entendida del mismo modo.
Juan Francisco Vallalta
Relatos con ciencia · Lima, enero de 2026
Este relato recrea literariamente un encuentro histórico entre Henry Enfield Roscoe y Gustav Kirchhoff en Heidelberg, hacia 1859, en torno a la identificación de las líneas de absorción del espectro solar con elementos químicos terrestres.








