La conversación interrumpida

Un relato sobre Alejandro Malaspina, su gran expedición científica ilustrada y el redescubrimiento de un legado que permaneció olvidado casi un siglo.

8
La conversación interrumpida
La conversación interrumpida

¿Qué sería de una nación que, en vez de geómetras, astrónomos, arquitectos y mineralogistas, no tuviese sino teólogos y jurisconsultos?

Gaspar Melchor de Jovellanos.

“Buen marinero, pero muy mal político”.

Frase atribuida a Antonio Valdés, ministro de Marina y protector de Alejandro Malaspina. Recogida por Emilio Soler Pascual en La aventura de Malaspina (Ediciones B, 1999).

Madrid, primavera de 1885.

La calle de Alcalá hervía de carruajes, carros y tranvías tirados por mulas. Una brisa templada arrastraba el olor acre de los caballos y el polvo de los adoquines, suavizados por una tenue fragancia de las acacias en flor. Esperé a que pasara uno de los tranvías y aproveché el breve claro que dejó tras de sí para cruzar la calle con paso decidido. Vestía de paisano: sombrero de copa baja, levita oscura, chaleco y un bastón ligero.

Mi condición de oficial de la Armada me había despertado, con los años, una creciente fascinación por la historia naval y la marina ilustrada. Jorge Juan. Tofiño. Churruca. Nombres familiares para cualquier marino. Y, sin embargo, había otro que regresaba una y otra vez a mi memoria.

Malaspina. Alejandro Malaspina.

Levanté la mirada. Una luz limpia de primavera iluminaba el edificio. La Dirección de Hidrografía no destacaba por su belleza, sino por su sobriedad. La larga fachada, ordenada con rigurosa simetría, abría sus altos ventanales sobre la calle, mientras un pórtico apenas resaltado sostenía el escudo real que la coronaba. No parecía un palacio ni un ministerio destinado a impresionar al visitante.

Empujé la pesada puerta de madera y el rumor de la calle quedó atrás. En el interior reinaba un silencio laborioso, apenas interrumpido por el roce de las plumillas sobre el papel, el crujido de los grandes planos al desplegarse sobre las mesas y el deslizar de una regla sobre una carta náutica.

Me descubrí al entrar y saludé con una leve inclinación de cabeza al ujier, que respondió con la familiaridad de quien me había visto cruzar aquel zaguán en otras ocasiones. Como tantos otros oficiales, acudía con frecuencia a consultar cartas, derroteros y observaciones náuticas. Aquella mañana, sin embargo, había ido a buscar otra cosa.

Subí lentamente la escalera de piedra flanqueada por grandes cartas náuticas enmarcadas y los retratos de Jorge Juan y Tofiño. En la sala principal, dos oficiales uniformados revisaban cartas hidrográficas mientras delineantes con manguitos negros trabajaban inclinados sobre enormes planos. Un grabador corregía sobre una plancha de cobre las últimas modificaciones de una carta destinada a la imprenta. Era un lugar donde se medía y trazaba el mundo.

Uno de los oficiales levantó brevemente la vista de sus papeles.

—Buenos días, Novo.

Correspondí al saludo con una breve inclinación de cabeza y me acerqué al escritorio del encargado.

—Desearía consultar la documentación de la expedición de las corbetas Descubierta y Atrevida.

El hombre asintió sin mostrar sorpresa. Abrió un voluminoso libro de registro, recorrió unas líneas con el dedo y, tras indicarme dónde debía firmar, desapareció por una puerta al fondo de la estancia.

Mientras aguardaba, recordé mis años en el Colegio Naval Militar de San Fernando. Los nombres de Jorge Juan, Tofiño y Churruca despertaban admiración de profesores y alumnos. De Alejandro Malaspina se hablaba con un respeto distinto, envuelto siempre en un cierto misterio. Se recordaba al brillante marino, al comandante de una gran expedición y al hombre que había caído en desgracia. Sin embargo, pocos parecían haber alcanzado a comprender la verdadera dimensión del proyecto científico nacido de aquel viaje.

Pocos minutos después el encargado regresó acompañado de un archivero que empujaba un pequeño carro de madera. Sobre él descansaban varios legajos de distinto tamaño, cuidadosamente atados con cintas de algodón. Los fue depositando uno a uno sobre la mesa con la misma naturalidad con que habría entregado cualquier otro expediente.

—Aquí los tiene.

Esperó a que firmara el registro y se retiró sin añadir una palabra.

Permanecí un instante inmóvil con la mirada fija en los legajos. No pude evitar una incómoda sensación de desasosiego. Hacía apenas unos días había tenido noticia de que el hidrógrafo chileno Francisco Vidal Gormaz había dedicado semanas a copiar aquellos manuscritos con la intención de estudiarlos y publicarlos. ¿Qué había encontrado en aquellas páginas para justificar un esfuerzo semejante?

Alargué la mano, desaté con cuidado el primer cordón y levanté la cubierta de cartulina.  Las primeras páginas no contenían observaciones ni mapas, sino el propio plan de la expedición. Leí despacio:

“Ningún viaje público, ninguno de los libros más modernos que dicten nuestros métodos, o para las operaciones geodésicas o para las astronómicas, se echarán de menos en nuestra colección […] La física e historia natural serán, no obstante, las ciencias cuya utilidad más general y los resultados más curiosos e interesantes que los de geografía marítima, harán nuestra atención mayor hacia esa parte.”

Levanté la vista un instante. Antes incluso de abandonar Cádiz, Malaspina había definido con claridad qué preguntas debían responderse y cómo debían recogerse las observaciones. Astrónomos, hidrógrafos, naturalistas y dibujantes conocían su cometido, los datos que debían registrar y el método con que habrían de hacerlo. Nada quedaba confiado a la improvisación.

Mientras recorría los documentos, las páginas dejaron de parecerme escritas casi un siglo atrás. Vi dos corbetas abandonar lentamente la bahía de Cádiz. Con ellas zarpaban también un centenar de preguntas científicas. Y, en el fondo, tuve la impresión de escuchar la voz de Malaspina.

Las observaciones astronómicas se sucedían con una precisión casi obsesiva; a continuación, aparecían perfiles de costa, mediciones de sondas, descripciones de corrientes y tablas de mareas. Bastaba avanzar unas hojas para encontrar el dibujo minucioso de una planta, seguido de notas zoológicas, observaciones sobre los pueblos indígenas, sus lenguas, sus costumbres y el modo en que aprovechaban los recursos de la tierra. Cada observación conducía a otra disciplina.

Desaté otro legajo. Las primeras líneas parecían escritas al término de la expedición.

Escuché de nuevo la voz de Malaspina:

“el nuestro no ha sido un viaje de descubrimiento; llevaba por objeto el conocimiento de la América para navegar con seguridad y aprovechamiento sobre sus dilatadísimas costas, y para gobernarla con equidad, utilidad y métodos sencillos y uniformes”

Volví varias páginas hacia atrás. Después otras hacia delante. Cuanto más leía, más difícil me resultaba abarcar la magnitud de aquella empresa.

Sesenta y dos meses de navegación. Más de doscientas cartas levantadas. Más de ochocientos dibujos inventariados. Cada nuevo legajo abría un nuevo horizonte: Montevideo. Patagonia, Perú, América del Norte, Filipinas o Australia. Las dos corbetas parecían no haber encontrado un océano, una costa o una cultura que no hubieran intentado comprender.  Nunca una expedición española había aspirado a reunir en una misma empresa astronomía, hidrografía, historia natural, etnografía y gobierno.

Durante años había oído pronunciar el nombre de Malaspina con respeto. Solo entonces comprendí el motivo. Cerré con cuidado el último legajo y permanecí unos segundos con la mano apoyada sobre la cubierta de cartulina.  La voz de Malaspina resonaba en mi mente y parecía condensar el propósito último de la expedición:

“investigar la felicidad de la humanidad”

Miré en torno a mí. La Dirección de Hidrografía seguía cumpliendo la misión para la que había sido creada: conservar y perfeccionar el conocimiento de la navegación. Sin embargo, durante casi un siglo había albergado también un conocimiento que apenas nadie había vuelto a leer.

Recogí mi sombrero y abandoné la estancia. Al cruzar el umbral, el estrépito de los carruajes y el tintineo del tranvía devolvieron a Madrid su bullicio cotidiano. Me detuve un instante y miré de nuevo la sobria fachada de la Dirección de Hidrografía.

Entendí entonces que mi tarea no consistía únicamente en editar unos manuscritos olvidados. Consistía en devolver la voz de Malaspina a la conversación científica de la que nunca debió desaparecer.

Juan Francisco Vallalta

Relatos con ciencia · Altea, agosto de 2026

Este relato reconstruye literariamente la consulta que el marino e historiador Pedro de Novo y Colson realizó en la Dirección de Hidrografía de Madrid en 1885 para preparar la primera edición de los manuscritos de la expedición de Alejandro Malaspina. Aunque los diálogos, pensamientos y algunas escenas son ficción, el contexto histórico, los personajes y el papel desempeñado por Francisco Vidal Gormaz en el redescubrimiento de aquellos documentos se basan en hechos documentados. Las citas atribuidas a Alejandro Malaspina proceden de la adaptación moderna realizada por Emilio Soler Pascual en La aventura de Malaspina (Ediciones B, 1999).