Tengo una vieja edición de La evolución de la física, publicada en la colección Biblioteca Científica Salvat en 1986, que ha sobrevivido a multitud de mudanzas y de la que espero no desprenderme nunca. El lomo está algo vencido, el papel ha adquirido ese tono amarillento característico de los libros muy leídos y algunas páginas conservan anotaciones hechas hace años, cuando aún era estudiante.
Las razones por las que vuelvo a este libro las expresó magistralmente Italo Calvino cuando escribió que un clásico es “un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”. Pocas obras de divulgación científica encajan tan bien en esa definición como La evolución de la física.
Publicado por Cambridge University Press en 1938, The Evolution of Physics: The Growth of Ideas from Early Concepts to Relativity and Quanta nació de la colaboración entre Albert Einstein y Leopold Infeld durante la estancia de este último en el Institute for Advanced Study de Princeton. Infeld había llegado para trabajar con Einstein en problemas de relatividad, pero terminó convenciéndole de escribir un libro de divulgación dirigido al gran público. Un libro que narrara la evolución del pensamiento físico desde Galileo y Newton hasta la teoría de campos, la relatividad y la mecánica cuántica.

Sin embargo, quien se acerque a sus páginas esperando una introducción accesible a la relatividad pronto descubrirá que ese no era el verdadero propósito de los autores. La relatividad ocupa un lugar importante, naturalmente, pero no constituye el verdadero tema del libro. Lo que Einstein e Infeld intentan explicar es algo mucho más profundo: cómo nacen y evolucionan las ideas científicas.
Ellos mismos lo anuncian desde las primeras páginas con una honestidad que resulta admirable:
“No hemos escrito un texto de física. Aquí no se encontrará un curso elemental de hechos y teorías físicas. Nuestra intención fue, más bien, describir a grandes rasgos las tentativas de la mente humana para encontrar una conexión entre el mundo de las ideas y el mundo de los fenómenos. Hemos tratado de mostrar las fuerzas activas que obligan a la ciencia a inventar ideas correspondientes a la realidad de nuestro mundo.”
Siempre me ha impresionado esa elección de palabras. Einstein no habla de descubrimientos, ni de certezas, ni siquiera de leyes. Habla de tentativas. La palabra contiene toda una filosofía de la ciencia. Sugiere que las teorías son aproximaciones sucesivas, intentos de comprender una realidad que nunca terminamos de poseer por completo. Y quizá ahí resida la grandeza de este libro. Einstein e Infeld nos invitan a contemplar la física no como un edificio terminado, sino como una construcción intelectual siempre inacabada, levantada por generaciones de científicos que trataron de comprender el mundo con las mejores explicaciones de las que disponían en cada momento.
Leer hoy La evolución de la física es asistir al nacimiento de una manera completamente nueva de divulgar la ciencia. No se limita a explicar qué sabemos sobre el universo. Nos enseña por qué hubo que abandonar unas ideas para construir otras mejores. Y esa diferencia, casi noventa años después de su publicación, sigue haciendo de este libro una obra excepcional.
Einstein e Infeld no cuentan la historia de la física siguiendo un orden cronológico de descubrimientos. Cuentan la historia de una crisis intelectual. Primero muestran el extraordinario éxito de la visión mecanicista inaugurada por Galileo y culminada por Newton. Después describen las grietas que empiezan a aparecer en ese edificio aparentemente perfecto. Solo entonces introducen el concepto de campo, la relatividad y, finalmente, la teoría cuántica. Lo extraordinario es que ese recorrido nunca pierde de vista a las personas que hay detrás de las ideas. Newton, Faraday, Maxwell o Einstein aparecen no solo como autores de teorías, sino como protagonistas de una aventura intelectual en la que cada respuesta abre nuevas preguntas.
Sorprende al releer La evolución de la física la ausencia de fórmulas matemáticas, aspecto que diversos críticos consideraron una demostración del profundo dominio conceptual de los autores sobre la materia. Puede resultarnos paradójico, tratándose del físico cuya imagen ha quedado para siempre asociada a la ecuación más famosa de la historia: E = mc2.
Y, sin embargo, esa ausencia constituye una de las mayores virtudes de la obra. Einstein e Infeld parecen decirnos que las ecuaciones son el lenguaje con el que se expresan las teorías, pero no el lugar donde nacen. Antes aparecen los problemas, las intuiciones, las contradicciones y los conceptos. Los autores presentan las teorías físicas como «una creación de la mente humana, basada en ideas y conceptos libremente inventados», subrayando que es precisamente ese contenido intelectual el que confiere a la física su auténtica importancia.
El libro se convirtió rápidamente en un éxito editorial y fue traducido a numerosos idiomas. Las reseñas aparecidas en la época elogiaron la obra por ser al mismo tiempo completa, concisa y coherente. En particular, J. A. Crowther escribió en Nature que se trataba de «un libro muy distinguido», precisamente porque ponía el énfasis en el proceso intelectual que conduce a los descubrimientos físicos y no en una mera exposición de hechos científicos.
Como ocurre con toda obra clásica, el libro también ha sido objeto de revisión crítica. Algunos historiadores han señalado que la reconstrucción que Einstein hace del nacimiento de la relatividad simplifica determinados episodios históricos (sincronización de relojes, transformaciones de Lorentz, dilatación temporal…) con fines claramente pedagógicos. Lejos de restarle valor, estas observaciones recuerdan que también los grandes divulgadores construyen un relato para explicar cómo progresa la ciencia.
A pesar de sus ambiciones pedagógicas, el libro no consiguió modificar la percepción generalizada de que la obra de Einstein resultaba extraordinariamente difícil de comprender. Sin embargo, con el paso del tiempo se ha consolidado como uno de los testimonios más valiosos para comprender su pensamiento científico. En este sentido, José Manuel Sánchez Ron ha señalado que La evolución de la física constituye, además de una obra de divulgación, uno de los testimonios más completos de la manera en que Einstein concebía la realidad física y, al mismo tiempo, una defensa del concepto de campo:
“Pero por encima de todo constituye, por decirlo de alguna manera, el testimonio más amplio de las nociones sobre la realidad física que Albert Einstein defendió hasta el final de sus días. Y aunque los campos se encuentran en la base de la mayoría de las teorías físicas, no lo hacen de la forma en que él deseaba; esto es, como una alternativa a la cuántica.”.
No obstante, la importancia duradera del libro reside en haber demostrado que la evolución de las ideas físicas puede narrarse sin recurrir a ecuaciones y, aun así, transmitir toda la riqueza conceptual y creativa de la ciencia. Ese modelo ha influido en la literatura de divulgación científica durante más de ocho décadas.
Sé muy bien por qué sigo conservando aquella vieja edición de la Biblioteca Científica Salvat. No solo porque sea un libro difícil de sustituir, sino porque con cada relectura creo comprender mejor algunas de sus respuestas.
Puedes consultar un ejemplar en Internet Archive.








